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domingo, 28 de diciembre de 2008

ARCHIVOS 2002-2008

(Nov. 2002)

CHALÍO, EL GUARDAPLAZA DE CALAFIA

Refunfuñaba cuando tenía que hacer las cosas y también cuando nó. Si tenía que llevar la cubeta de aquí hasta allá lo hacía farfullando aunque fueran si mucho, unos veinte pasos. De todas maneras rezongaba con algún otro que parecía llevar insertado. Entonces resultaba que la escoba entrometida, esa que había buscado y olvidado hacía varios dias, aparecía por fin, después de tantas maldiciones. Eso hacía que se olvidara de la cubeta para siempre.

--Ahora la mugre llave esta goteando. Decía el primer Chalío

--Pero no mucho. Le contestaba el interno.

Su costumbre era aprovechar que los corrales estuvieran desolados para recorrerlos. En esos dias la plaza de toros era toda para él. La inmensa tasa de cemento bajo el sol se dejaba recorrer por el diminuto Chalío. Las corridas no era tan seguido como para que rumiaran toros en los corrales y trajinaran aficionados en los pasillos. Arrastraba los pies y dejaba marcas sobre el cemento que sólo el podía descifrar. Luego empalmaba sus pisadas en el rastro sutil, bajo el sol inmóvil y repetía el andar día tras día, como esclavo rutinario. Dentro de las corraletas deshabitadas encontraba, cuando andaba de suerte, botes de aluminio y esto le daba tema para otra murmuración, porque para estimar el equivalente en dinero refunfuñaba y compartía los cálculos con su doble oculto.También era ocasión para que reprobara a los villamelones que lanzaban esos botes para molestar a los toros.

--Pero si les venden la cerveza en vasos, no sé por qué hay tanto bote.

--Yo creo que los meten escondidos en las bolsas de sus mujeres.

Los pasillos, los corrales y las escalinatas de Calafia, por mucho que las recorriera, podían sorprenderlo con algún tesoro imprevisto que reposaba en algunos de los rincones. Una camada de aluminio que no estaba la primera vez, de repente aparecía estrenando rincón. Brillantes cilindros, mansos y quemantes. Una bolsa de plástico, también caída del cielo, se le convertía en alforja. Conocía los rincones y recovecos favoritos de los tira-botes; presentía el encuentro de otro nido rebosante de aluminio y seguía subiendo o bajando los andenes. Procuraba aprovechar las angostas sombras del tejaván para protegerse la espalda del sol.

Así fue como encontró una manguera gorda echada cuan larga era, junto a una barda abrumada por el sol. La arrastró con mano firme, para ponerla en su lugar, hasta que le llegó a la muñeca el relleno de lava. La soltó con un alarido. Después se quedó mirando la mano, como si fuera nueva. Al rato la reconoció y se la guardó en la bolsa. Se quejó con su compañero y pareció que le había encargado la manguera. Con lentitud se refugió en el cuartucho fresco que tenía como habitación, a un costado de la barda que daba una sombra precaria.

Estoy hablando de Chalío, el primer guardaplaza que tuvo Calafia. Ahora reposa en el cementerio cercano a El Centinela a donde lo llevaron dos o tres amigos que vieron sus últimos dias. En 1975, cuando abrió Calafia, ya era un anciano: Enjuto, pelos güeros y ojillos verdosos, parecía que no se había rasurado el último mes. Yo pertenecía a la Comisión Taurina y tenía que recorrer las instalaciones de la plaza y evaluar su funcionamiento. Fue así como pude acompañarlo varias veces en sus recuerdos y llegué, por arte de sus visitas rezongadas y con la ayuda de unas fotografías viejas, a conocer mejores dias de su juventud torera.

Había pertenecido a una cuadrilla de toreo cómico que era conocida por los rumbos del Bajío. Ya no recuerdo si me contó que primero había probado el toreo formal, con pretenciones de mando solemne y después hubiera llegado al toreo cómico o, desde su primer paseíllo, tuvo esa modalidad. Si su toreo cómico fue tardío, habría sido como la sonrisa de quien, en sus horas finales, se desilusiona por haber tomado la vida en serio. De todas maneras esa comicidad parecia no corresponder a la acidez que ahora rezumaba. La voz cascada con que me decía quién era quién, en las fotografías, hacía juego con el amarillento quebradizo de las imágenes silenciosas. Recordó con lentitud que tenía una hija viviendo en los Estados Unidos, pero como había olvidado el apellido del marido, no sabía ni cómo buscarla. Hacía años que la había dejado de ver.

--Ha de estar haciendo su vida.

--Quien sabe.

Carlos Dávila empresario y también miembro de la Comisión, hizo buenas migas con Chalío. Éste le había dado a guardar un pequeño ahorro para los gastos de su funeral, que ya veía venir. El encargo hizo que Carlos se sintiera distinguido.

En una ocasión fuimos los tres, en el auto de Carlos a Tijuana. Toreaba Manolo Martínez y Chalío aprovechó el viaje para llevar unas cachuchas para venderlas a los aficionados. Madrugamos y, como lo hace medio mundo, nos programamos para que en llegando a Pine Valley tuviéramos hambre. Y así fue: llegamos con hambre. Íbamos a desembarcar los tres pero Carlos se nos adelantó y bajó por las hamburguesas, que no era lo que se nos antojaba a Chalío y a mí. Una vez abastecidos de esa bazofia y menjurge espeso, volvimos a la super carretera, rumbo a San Diego.

El único que parecía disfrutar el desayuno sajón era Carlos. El hambre que yo había preparado sazonaba levemente la insulsa aguadencia que, además, estaba empeorada con pepinos amargos. Chalío en el asiento de atrás se tardó en decifrar los sabores, mientras que su compa recordaba las carnitas y tortillas de Sahuayo. Luego compartió con nostros el dictamen:

--Los gringos no le ponen chile a la comida.

--Son unos méndigos.

Al regreso, ya de noche, comentamos la faena de Manolo pero Chalío no participó. Estaba indispuesto; peor aún, no había vendido una sola gorra. Pocos dias después del regreso a Mexicali, empezó a enfermar con frecuencia. Entraba y salía del hospital a donde lo llevaba y traía Carlos. La enfermedad hacía más íntima y más rebotada la plática enre los dos Chalíos. Hasta que un día, me contó Carlos, ya no hablaron más. Uno de los dos Chalíos se había quedado sin contestación.

Ese día toreábamos en un pueblo del Bajío, no recuerdo cuál. El ganado era criollo y los aficionados chillaban mucho. Uno de los toros de la lidia formal, había estado brincando al callejón. Eso divertía a la gente pero el juez ordenó que lo sacáramos. No había cabestros, ni siquiera eso, porque si hubiera habido cabestros yo creo que los hubiéramos toreado. Bueno, el caso es que uno del público de acomedido, y que hasta ese momento no era famoso, se le ocurrioó bajar de sus gradas y con todo y borrachera quiso sacar al toro. Pidió un lazo para lazar al animal. Se veía que sí sabía , yo creo que era charro. El caso es que a la primra lazada le amacizó los cuernos y luego, ahí si que le falló el conocimiento o le ganó el cuete, porque quizo jalarlo él solo. Na nay. Que el toro lo ve y luego de despreciar los tirones se apalancó y dio una cabezda cuando el lazo estaba tenso y el charro borracho quería enredar el lazo entre las trancas. Dio el tirón, como le digo y se trajo la tranca con todo y un dedo del charro. El chorro de sangre se hizo lodo. El charrito, ahora sí que gritaba y sacudía la mano y se quedaba mirándola como si fuera nueva. La gente en los tendidos ni se compadeció porque reían y silbaban. Finalmente tuve que meterme al ruedo. Con la puerta de toriles abierta fui y cité al toro a cuerpo limpio. En un principio ni me pelaba. Pero luego, cuando le eché un puño de arena hizo por mí y se me acercó paso a paso. Yo lo aguantaba para que me siguiera rumbo a toriles. De repente me embisitó y lo medí y le hice un quiebro, de los que les hacía a los becerrones que toreábamos; pero esta era un toro hecho y derecho, criollo, pero de respeto. Pues bien, me embistitó, lo aguanté un poco y luego lo quebré y entró limpiamente a toriles. Yo creo que nunca me habían ovacionado tanto como esa tarde. También hice otras cosas interesantes, de mérito taurino, en otras plazas. Luego le cuento.

El dinero alcanzó para un ataúd y una fosa en el panteón de la Progreso. Después de tantos años, de repente me dan ganas de buscarlo pero cuando quiero recordar el apellido, la memoria me hace un quiebro. Carlos me podría ayudar, pero también tiene años de muerto. Como dirían los Chalíos de ellos y de Carlos:

--Han de estar haciendo su vida.

--Quien sabe.

ARMILLITA : ADIOS A CALAFIA

CALAFIA : ADIOS A ARMILLITA

Domingo 13 de marzo del 2005

La despedida mutua entre Miguel Espinosa “Armillita” y la Plaza Calafia tuvo más de cortesía que de nostalgia, esto es, fue más respetuosa que triste. En su primero Armillita dejó en claro que el molesto viento le impidió hacer su toreo, que cuando conmueve, es porque lo hace girando sobre su cintura. No todos los toreros saben o pueden hacer ese uso de la cintura y Armillita es, o fue, uno de los mejores ejemplo de esa elegancia. Pero en esta ocasión el viento no lo dejó. Y precisamente en el mismo sitio en que Armillita se frustró por el viento, Zotoluco dominó a su primero del lote.

La zona donde Armillita no pudo con el toro y el viento al mismo tiempo, entre barrera de matadores y el Arrastre, a la altura de los anillos, fue el sitio en que El Zotoluco se plantó e hizo su toreo. Un aficionado, tal vez pensando que El Zotoluco se exhibía frente al empresario de la México, Rafael Herrerías, que por ahí andaba, lo quiso descubrir gritándole: “Zotoluco ¿A quién tratas de apantallar?”

El aludido interrumpió la brega y le contestó con una mirada de enfado. Después procedió a hacer lo que él sabe tan bien: torear lo que tiene en frente, en este caso eran dos, el animal y el viento. En cualquier tarde, si el toro se presta, El Zotoluco puede desenvolver lo elegante. Si no, se aplica al dominio. Cuando el toro es brusco, procede a lidiarlo y si sale manso, insiste pisándole los terrenos; si es claro hace arte. Es decir el Zotoluco intenta todo. Claro, no siempre la lidia sabia del animal se presta para un alborozo en los tendidos, pero casi siempre este torero aporta conocimientos y sabor para los que observan con detenimiento.

Pues bien El Zotoluco, que sobre rodillas ha iniciado lidias a Miuras, se encaró con éste de Teófilo Gómez y poco a poco fue imponiendo condiciones y empezó a lidiar y terminó toreándolo con precisión y seriedad, a pesar del viento. El público coreó y aplaudió el desempeño. Cuando se dirigió a tomar la espada de muerte, otro aficionado, tal vez partidario acérrimo del torero, o despectivo con los villamelones, o poseedor de ambas prendas, le preguntó al gritón: “¿Ya te educaste, hocicón?” La risotada fue de antología. El populacho, en ocasiones, pone a cada quien en su lugar.

A propósito de muchedumbre: en los tendidos son muy visibles los grupos de norteamericanos, de sajones, porque los de ascendencia mexicana no son tan obvios, solamente se presumen por las placas de circulación de California. Pero estamos hablando de grupos de rubios que parecen disfrutar las corridas de Calafia. Observan tanto el ceremonial taurino, como el comportamiento de los aficionados y cuando se gritan los olés, no se incorporan al vocerío, pero ponen atención. No tardarán en participar en la gritería, una vez que terminen su adiestramiento como espectadores del arte bárbaro. Es nuestra opinión que algo de la dificultad para que los angloparlantes disfruten profundamente de las corridas de toros, se debe a que en su idioma se trata de una pelea, de una lucha, bullfights) y tal vez esperan encontronazos de running backs contra line backers. Y aunque por la difusión de las imágenes de los toreadores y señoritas, más o menos saben de qué trata el espectáculo, pero no pueden borrar de su subconsciente el significado de fight y fighters. Y por supuesto que no presencian violencia atlética con encontronazos, sino algo más adentrado en el instinto del sacrificio mortal y de la creación artística que lo trasciende. Se trata de un arte bárbaro.

Busco la explicación: arte porque frente al toro el diestro trata de hacer evoluciones que produzcan placer estético, es decir belleza. Cuando el esfuerzo del humano es el de generar belleza se titula arte. El toreo es un arte, no una pelea. Entonces si los angloparlantes vienen a ver the bullfights, están predispuestos a ver una lucha, tal vez muscular, tal vez mucho sudor y jadeos que terminan en la muerte del animal, pero se encuentran con un hombre vestido con sedas y oro, que emociona hasta el delirio cuando la mole de media tonelada (es un decir), pasa junto a los muslos vulnerables y que pierde mérito si hace más de un intento para matar a la bestia.

Ya sea que encuentren nuestros vecinos lo que buscan u otras cosas, de cualquier forma, con su presencia pudieran hacer más vistosa la temporada, y de paso, salvar con sus billetes verde botella, el presagio de las malas entradas. Ojalá.

DOS RABOS PARA EL ZOTOLUCO EN TEXCOCO

Sábado 26 de marzo del 2005

En la segunda fecha de la Feria del Caballo 2005, en la plaza Silverio Pérez de Texcoco, se presentaron Manolo Arruza (Castaña y Oro), El Zotoluco (Ostión y Oro), y José María Luévano (Cobalto y Oro), con toros de Fernando de la Mora. El primero de los diestros, con un prestigio de su primera etapa, no estuvo a la altura en esta tarde ya que el primero en el tercer tercio le dio un tunda de la que, aparentemente, no se recuperó y terminó con algo de pena y con la gloria de una oreja. El Juez Facundo Arroyo estuvo desatado. Fue su tarde. Dio una oreja a Arruza, dos rabos a El Zotoluco por dos faenas enjundiosas y a Fernando de la Mora le indultó un toro al que Luévano toreó con dosantinas y circurretes, algo que no habíamos visto a nadie hacerle eso al mismo animal. A pesar de la embestida suave el diestro no pudo mandar y estuvo en la fatiga de enmendar los terrenos. A su salida este toro partió la plaza y brincó al callejón donde lastimó a un colado de la tercera edad. Después de una sola pica y banderillas rutinarias, Luévano se dio vuelo con el nobilísimo animal y el Juez concedió la gracia de vivir al toro, indulto solicitado por el diestro y secundado ruidosamente por el alboroto popular. Fue tan desorbitada la gracia de la autoridad que una persona que compartía el balcón autoritario, tal vez fuera el mismísimo asesor, con un ademán soez, dejó solo al Juez que recibió los aplausos con el gusto y sonrisota de alguien que ni se da cuenta de las tropelías que comete desde su investidura inexplicable. Si todos los conocedores dejaran que el Juez recibiera la rechifla, o los aplausos villamelonezcos en solitario...

El Zotoluco estuvo enorme. Pudo haber cortado otro rabo para igualar la proeza de 3 rabos cortados por Garza en la Condesa hace unos sesenta años, pero como alternó en esta tarde texcocana, con otros dos, entonces solamente le correspondía un par de toros mismos que desrabó. Lo más que hizo fue empatar con Cavazos que en una tarde irrepetible recibió de la gracia del Juez, dos rabos en Calafia.

No había estado en Texcoco en la Silverio Pérez. Fue una agradable sorpresa el estruendo de un óle al empezar el paseíllo, como en la México. En los tendidos lo sólito: niños, mujeres hermosas, aficionados atentos y público que sólo va a divertirse. Los gritos ingeniosos que producen algarabía en los tendido y seños fruncidos en los de caballo y peones. Cerca de la plaza la exhibición de cuacos y suertes no siempre bien ejecutadas. La vendimia de antojitos y riesgos de salmonelosis, vino, loterías, carnitas y barbacoas, consomés y cueritos. La vida variada y el gusto por vivirla.



SILVERIO REGIO, MANOLETE IMPERIAL

21 Ago 2001

Me tocó la segunda corrida de la Monumental Plaza México. A tres cuadras se veía sobresalir, de entre los llanos y algunas pocas casas, la construcción imponente. Cuando entramos me sorprendió que lo que habíamos visto cuando bajamos del Eugenia Narvarte, era sólo la mitad de la construcción; la otra estaba bajo el nivel de la calle enfiestada. Mi madre me explicó que todos lo que vivíamos en Ciudad Juárez podríamos acomodarnos en las graderías. En los tendidos la caterva anónima y multicolor se divertía blandiendo y lanzando por los aires una flácida tripa gruesa, como de un metro. La lanzaban por los aires como aspa lenta y después de describir un arco acompañado de un ahhhh colectivo, terminaba por enredarse en el torso o en el brazo de algún descuidado. Para mí era incomprensible. Todo mundo parecía acompañar con la mirada el viaje ominoso y estaba pendiente del instante del pesado tripazo. Luego soltaban la risotada cuando terminaba acogotando a algún aficionado. Pero siempre éste, o ésta, era sorprendido por el repentino vejamen. ¿Por qué el que recibía el latigazo no había estado atento, si todo mundo había seguía con alaridos el vuelo asqueroso? Un hombre despojado violentamente de su sombrero por el golpe, blandía en venganza el despojo y lo dejaba ir hacia las alturas populares, a los pelados o hacia las zonas bajas de los pomadosos. Ahora era a una mujer la que recibía la cachetada y pudorosa, se hacía la desentendida en medio de la risotada soez, mientras que su acompañante, o algún solícito vecino de tendido, tomaba en sus manos el vergajo y lanzando a donde cayera el despojo, tributaba con su hazaña al interminable culto a la vulgaridad. No era la única fiesta previa a la corrida en la que, mano a mano, alternarían ese 16 de febrero de 1946 Silverio y Manolete. También se divertían con una media llena de anilinas de varios colores que al golpear, distinguían al infeliz con violento arco iris polvoriento. Todos reíamos, ya fuera porque el agraviado elevara su protesta con dignidad republicana o porque lo tomaba a broma y parecía disfrutar de su celebridad momentánea. De repente las carcajadas se volvieron murmullo y éste, al rato silencio y después atronadores silbidos: María Félix y Agustín Lara estaban acomodándose en sus lugares Ella traía un traje rosa pálido y me quedó 40 metros tendido abajo y alcanzaba a ver su espalda triangular y su cabellera voluptuosa. Por momentos la veía de perfil,. Alguna vez volvió sus ojos hacía mi tendido y sonrió. Yo me sentía raro porque era mi amor. Mi primer amor. Con ella aprendí que los verdaderos amores tenían que ser asimétricos. Siempre uno quiere más que la otra, o la otra que uno. Yo había sentido un desgarramiento interno al momento en que René Cardona o Jorge Negrete la habían llevado en brazos, muerta, al Peñón de las Ánimas. Los gritos de la plebe, una vez iniciada la corrida se convirtieron en coros de aficionados. No recuerdo los detalles taurinos de esa tarde. Pero sí que al final de la corrida, salíamos por uno de los túneles y otra vez el murmullo interrumpió la algarabía. Una camioneta hendía lentamente el río humano del que yo era una gota. Agustín Lara y María Félix la tripulaban. Ella, en el asiento del pasajero, sonreía a todos. La chusma que de lejos veja a los notables, de cerca los contempla con admiración. ¡Se atoró la camioneta justo junto a mí! Gocé su rostro. Lentes verdes de motociclista. Adiviné, o vi, su lunar. Volvió a verme, ahora sí era imposible que no me hubiera echado esos ojazos a mí. Estaba a 20 centímetros, vidrio de por medio. Sonrió.¡Qué labios!¡Que barbilla partida! La camioneta reinició su marcha y la muchedumbre nos separó.

Año y medio después, el lunes 29 de agosto de 1947, leí en El Fronterizo, de Ciudad Juárez que Manolete había muerto a consecuencias de una cornada.

¿QUÉ PASO EL 16 DE FEBRERO DE 1946?

PRIMERA NOTICIA. ¿En 1973,4? En un festival organizado por Juan Santana a beneficio del INPI, antecesor del actual DIF, en el sexenio miltoniano, en el Toreo de Tijuana conversé con Silverio en el patio de cuadrillas. “Maestro, tuve la suerte, siendo niño de verlo en un mano a mano con Manolete, en la segunda corrida de la plaza México. Si, me acuerdo de esa corrida, me fue muy bien esa tarde. ¿Qué pasó? Corté el primer rabo de la historia de la plaza a un toro de Torrecilla. ¿Cómo se siente para esta tarde? Como siempre, tengo mucho miedo.”

SEGUNDA NOTICIA En 1978 Heriberto Lafranchi publicó LA FIESTA BRAVA EN MÉXICO Y EN ESPAÑA. 1519-1969. “Plaza ‘México’Sábado 16 de febrero de 1946. 2ª. Corrida: Silverio Pérez y Manuel Rodríguez ‘Manolete’, con 6 toros de Torrecilla. Excelentes faenas de ´Manolete¨ al cuarto, ‘Espinoso´ (una oreja, negando la autoridad el rabo) y de Silverio Pérez al quinto ´Barba Azul´ (oreja y rabo).

TERCERA NOTICIA En 1980 José Alameda en La pantorrilla de florinda y el origen bélico del toreo, entrevista a Manolete y éste dice: “... esa ( la del toro Espinoso de Torrecilla), no es solamente la mejor faena que he hecho en México, es quizá la mejor de mi vida, o por lo menos, la segunda.”

CUARTA NOTICIA Guillermo H, Cantú escribió en 1987 SILVERIO o LA SENSUALIAD EN EL TOREO : (Silverio torea al astifino Barba Azul) Al dar un trincherazo el toro cogió al texcocano, propinándole un derrote seco que le tiró los dientes de la mandíbula superior, incluidas las muelas del juicio, pero el hombre, en lucha estrictamente personal y con la cara bañada en sangre, continúo su trasteo como si nada, sin arrebatos ni tremendismos, con la profundidad y temple acostumbrados” También dice que Septién García, un cronista de la época, había titulado esa reseña como “Silverio Regio, Manolete Imperial”.



LAS VENTAS

24 Junnio 2001

Tanto se habla de las diferencias entre las usanzas taurinas mexicana y española que al verlas en vivo, se tiene que aceptar que son dos festejos distintos que obedecen a dos aficiones, historias y microclimas diferentes. De acuerdo, pero si se pudiera importar un mínimo de la fiesta española para enriquecer a la mexicana, yo escogería dos exigencias que los aficionados ibéricos (al menos los de La Maestranza y Las Ventas), han ejercido con intolerancia y determinación: la seriedad del toro y la prohibición de entrar o salir durante la lidia del mismo. Así que si alguien tuviera que atender alguna banalidad diurética, fuera de su asiento, tendría que esperar hasta después del arrastre y volver antes de la salida del siguiente de la tarde. De otra manera le cierran las puertas y pierde la lidia de un toro. Esto beneficia porque nadie se atraviesa para ocupar su incómodo asiento mientras la corrida se lleva a cabo. Tampoco tiene uno que actuar como auxiliar de cubetero ni como taquero intermediario porque la venta de bocadillos y bebidas está prohibida durante la lidia, así que nada de “Jefe, por favorcito ¿No quiere pasarle la cheve o los tacos al señor ?” En cuanto a la seriedad del toro no solamente es asunto de los aficionados; intervienen las autoridades de la plaza. Se lleva meticulosamente un registro documental y otro herrado de las fechas de nacimiento del ganado y los aficionados chillan de lo lindo cuando, a su juicio, el toro no tiene el trapío esperado. Se regresan toros que aquí espantarían, cuando el criterio delos veterinarios, antes de la corrida, o de la afición durante su desarrollo, establece que los animales no hacen juego con el prestigio de las plazas. En Las Ventas los últimos 35 años se han cortado un solo rabo. Todo esto llama la atención a los aficionados recientemente globalizados y tales serían las características españolas que nos gustaría que tuviera la fiesta en México. Ambas plazas, La Maestranza y Las Ventas se esfuerzan por merecer su prestigio, aunque con diferentes medidas que no siempre son obvias. En Sevilla no permiten el acceso al interior de la plaza con video-cámaras, en Madrid sí. El silencio de La Maestranza es más profundo que el madrileño y por si fuera poco aquí hay que soportar al vecino conocedor que comenta las incidencias sobre el hombro.

Estas ideas surgieron la tarde de la despedida de Eloy Cavazos. Torea por última vez en Las Ventas, plaza a la que debe tanto, según él mismo narra, que su rancho en Nuevo León lleva precisamente el nombre de Las Ventas. Además, ha cortado 7 orejas y salido por la puerta triunfal tres veces. Pues bien, hay un grupo de aficionados mexicanos que anticipan otro triunfo y, casualmente hemos coincidido en la puerta. Uno de ellos me obsequia una tarjeta enmicada donde aparece que el de Guadalupe, Nuevo León ha toreado 1759 corridas, cortado 3,640 orejas. Además, ha indultado 35 toros, cortado 656 rabos ( ¡dos de ellos el mismo día en Mexicali!). Además, 9 patas. Otro aficionado mexicano más realista, intenta venderme una entrada ”por tratarse de ti, paisano”, pidiendo cuatro veces su valor nominal. Anuncian también a Ponce y Abellán. Con lleno y puntualidad de primer mundo, empieza la corrida que no llega a encender la pasión nacionalista y menos la taurina. Para mi buena suerte quedé en engastado en un grupo peculiar y esto si fue para recordarse: en la fila inferior unos mexicanos entre los que estaba un cantante (Ignacio Corona), un compositor (Martín Urieta, el de “Mujeres Divinas”) y un editor de música (Marco Antonio Lugo) A mi derecha la conversación estuvo a cargo de María de Jesús Gutiérrez, que creo entendí – mi español ibérico no es tan bueno-- que era licenciada en lingüística y literatura. A su lado Ana maestra de idiomas que, en su momento, opinó que Abellán estaba “espeso”. Luego una inminente viajera a Inglaterra, Isabel hija de Chus. Como la corrida no daba para más, pudimos hablar de muchas cosas, de los idiomas, de las mentiras, de la plaza. Ignacio, el cantante, no acertaba operar su video-cámara y le pude grabar algunas de las escenas de la insulta tarde torera. También entrevisté a todos los del grupo. Las Ventas es de estilo mudéjar, no mozárabe y, en un país con construcciones prerrománicas, resulta ser de reciente construcción. Tan reciente que Fermín Espinosa “Armillita” junto con otros siete diestros participó en la primer corrida. Abajo los toreros se esforzaban y se acercaban al Rey para brindar la muerte del primero del lote, aún así con hastío creciente termina la corrida. Ésta no dejó más huella que la estadística. De la tarde se salvó una trinchera con la izquierda de Ponce, la pericia de Florito el mayoral que organiza los cabestros para guiar a los corrales un toro rechazado por débil. El prestigio de Florito ( el mejor del mundo) es también el máximo alcanzado por el coso madrileño. Son tan exigentes que El Juli, nacido en Madrid, no es reconocido todavía y por el comentario que recogí en varias pláticas, queda la impresión que el trato que sufrió en su tiempo Carlos Arruza, :ser mexicano en España y español en México, sea el mismo que se le da a El Juli. El Juli parece ser considerado, en ocasiones, como mexicano en España y otras como español en México. La transición de El Juli de becerrista a novillero es preponderantemente mexicana, ya se sabe, y su desarrollo como matador también ha sido más exitoso en México. Tal vez esta doble nacionalidad taurina resulte insoportable para los aplausos aunque los silbidos nacionalistas si encontrarán destinatario. También descubrimos un artista: Alfredo, que tomaba limonada de una calabaza vestida con un tejido artístico que él, en un día es capaz de hacer con la estética que le enseñó su padre El resultado es una obra de arte. La corrida terminó a las 21 horas, y todavía el sol madrileño se metía en la garganta, así que finiquitamos el contenido de la calabaza de Alfredo; mi bota hacía tiempo que había menguado.



EN LATABERNA DEL DUERO, Pedro Jiménez 2. Madrid,. España


Spetiembre 2004

Es la sede de la peña EL JULI y llegué por las señas que en Calafia Ricardo Torres III, el 3 de febrero, me había dado junto con un botoncillo esmaltado en que el torero está en primer plano y detrás Las Ventas. Era cerca del medio día y los comensales y bebensales estaban en lo suyo. Don Luis Torrijos, el presidente de la Peña, prevenido por mí telefónicamente me recibió cortésmente y yo fui atendido y sin necesidad de mostrar el botoncillo. A Manolo el cantinero le encargó que la sed no me agobiara y para esperar los alimentos en forma, me anticipó vino tinto y unas tapitas irresistibles. El siguió atendiendo la clientela. Me acercaron a uno con quien platicar. En mi interior la verdad retumbó silenciosamente: “De aquí soy yo” Luego telefónicamente ubicaron a Ricardo Torres III que había estado en la corrida de El Juli, un día antes en Granada. Por el móvil, en México diríamos celular, hablé con él, aunque mi español ibérico es limitado entendí que al rato estaría con nosotros. Tardaría una hora, al menos, pero como estábamos en Madrid la espera no es sino un incidente menor. Todavía faltaban siete largas horas para que toros del Conde de la Corte fueran atendidos por los toreros Liria, Padilla y uno de última hora, Robleño. Por si fuera poco, los pertrechos del figón parecían asegurarnos la supervivencia, no sólo de una espera de esa longitud, sino hasta de un sitio más feroz.

El otro miembro de la Peña, Don Joaquín abrevió la espera porque resultó de mucha amenidad y hablamos hasta de toros. Alguien, que de repente ya tenía una hora platicando con nosotros, sin que nos hubiéramos dado cuenta, le llamó la atención por sus fumarolas continuas y perniciosas: “Claro que hace daño, dijo de mal humor, ¿no ves que le ponen quién sabe qué al filtro?” Luis Torrijos trazaba rutas entre las mesas e intercalaba en las idas y traídas de platillos y bebidas su opinión. Súbitamente salieron voces de profundo y poderoso pecho. Era el patrón que, desde un rincón impreciso ordenaba a Manolo que no le sirviera nunca más a un tipo. Don Joaquín me tradujo: Ese tío había hablado mal de Torrijos frente a la hija de éste y eso implicaba, creí entender, su expulsión de por vida de la Peña y, peor aún, de la taberna. Vanessa Torrijos aún colegiada, pero ya egresada de un cuadro de Botticelli, atendía tareas menores y permaneció imperturbable. Al estilo español, todos vociferaban y parecía inminente la gresca. Cuando el agua casi llegaba al río, apareció la sonriente persona de Ricardo Torres III.

Ahora sí, cancelada la bronca madrileña y recuperado el tema taurino, nos preparamos para la comida, ahora si, en serio. El local era nuestro. La hermandad taurina, las anécdotas, la impenetrable esencia del toreo entró en la arena y llenó las horas y arrasó los platillos y copas. Supimos luego por Don Ricardo que El Juli, al festejar su primer rabo cortado como matador en la Monumental Plaza México, por cierto dos días después de presentarse en Calafia, había tocado, en el Ángel, con el violín de un mariachi. Fue aquella madrugada de la francachela más o menos acallada por la prensa de la fuente.. Mientras tanto, de regreso a Madrid, transcurría la tarde. El sol ahora era reflejo de paredes y doraba las sombras. La señora Belén esposa de Luis y artífice del festín, que incluyó sopas y perdices, puso el colofón con un postre de fresón con nata. Don Ricardo me invitó a Portugal a ver torear, al día siguiente al epónimo de la Peña. Ahí tenía el auto listo y a los mexicanos no se les requiere la visa. No acepté porque de haberlo hecho, una vez entrado en el vértigo de los capotes y cuernos que los rasgan y del arte que lo evita acercándose, hubiera perdido la esperanza de volver al mundo normal. Luego Luis Torrijos me llevó hasta Las Ventas y me puso en tratos con un revendedor conciente de su poder y deseoso de ayudarme. Volvió a impresionarme Las Ventas con el lleno número ¡diecisiete! de la feria del 2002 y con los contundentes toros que salen con lomos polvorientos y su poderío en puntas. La afición pone por arriba del reglamento la usanza. Reprueba la menor infracción a la costumbre pero desecha la regla que dice que una vez picado el toro, no habrá cambio. Pues no, en Madrid, en Las Ventas, lo pueden cambiar aún ya picado. Basta con que palmeen ta- ta- tá, ta- ta- tá. Sale Florito con su punta de cabestros y resuelve el cambio fácilmente. Robleño es un torero que, si lo que se vio esa tarde es desempeño usual de su arte, entonces será un surtidor de obras de arte taurino. Cortó una oreja y poco más y salía con dos y por la puerta triunfal.

Pero los aficionados hemos visto tantos que prometen y luego desaparecen, que uno tiene que ponerle sordina a las campanas que se tañen ante los toreros de época. Así pasó con Luis Fernando Sánchez a quien le auguré las glorias taurinas y que llegó solamente a la orilla de la tierra de promisión.



EL RETORNO DE ARRUZA

En la Feria de Sevilla del 2001, mientras El Zotoluco batallaba con los Miuras descastados y cornalones a dos filas de nuestras incómodas localidades, oímos el comentario de una pareja de mexicanos. Cuando los buscamos reconocimos al Matador Manolo Arruza acompañado por una dama. Javier Manjarrez y yo nos presentamos como mexicalenses y testigos de un gran triunfo suyo en Calafia, aquella tarde cuando resultó ganador de un trofeo. El triunfo de esa tarde fue motivo de una cena en al desaparecido restaurante Carmina. Nos presentó la dama acompañante quien resultó ser su señora madre. Por la noche coincidimos en la tertulia acostumbrada en el hotel donde se han hospedados durante las últimas 20 Ferias los Vázquez Villalobos ( Raymundo y Alma) Y empezaron los recuerdos de la carrera taurina de Manolo, entreveradas con tapas y vino y manzanilla y jamones y melones y empanadas.

Empezó por recordar a su padre El Ciclón, obligado alternante de Manolete en temporadas de tardes memorables. Aquella fue una pareja de calidad con templanza y sin bravatas. Y Manolo recordó en particular una temporada, de las muchas que pasó en España su padre El Ciclón. De paso por un pueblo en 1945, una anciana se le atravesó para llorarle sus cuitas: la querían echar a la calle y no tenía pariente alguno. El Ciclón reaccionó ante la penuria pagando la casa y obsequiándola a la anciana, ya no desprotegida. Los pocos años que le quedaban a la vieja fueron de gratitud y ésta no murió con ella porque el pueblo entero recibió como herencia el cariño al torero. Pero una vez muerto éste, había pasado el cariño a su hijo Manolo, quien era recibido en Castellón con cariño interminable. Manolo correspondía diciendo que era el mejor pueblo de España.

También recordó a Pepín, un sastre que confeccionaba monteras como ya no se usan. Su especialidad eran las de morilla. Ocurrió que Manolo le prometió brindarle un toro, o cortarle las orejas (al toro), a cambio de la montera hecha con ese famoso trenzado. Pepín entregó la montera y Manolo no pudo cumplirle porque se sintió indispuesto ante ese toro.

(Pero Paco, un miembro de la tertulia que esa tarde le tocó ser el claridoso imprescindible, esos que son la sal en las fiestas, aprovechó una ausencia momentánea y dijo que Manolo no había querido saber nada del toro y que el tal Pepín era maricón )

Medio jamón y una botella después, Vázquez Villalobos preguntó a Manolo si había pensado ya regresar al ruedo, Manolo contestó enfáticamente que no. Además, dijo que su retiro, el 14 de febrero del 99, había sido tan emotivo, con el guitarrista Fay pulsando aires taurinos mientras se vestía y el público gritando “Torero, torero” cuando daba vueltas al ruedo, que “Volver era manchar esa tarde” Raymundo Vázquez Villalobos insistió porque consideraba que el matador tenía la condición apropiada para volver a los ruedos. Manolo repetía que no regresaría. Siguieron las manzanillas y los jamones y el vino y las tapas y la charla y las empanadas.

Cuatro años después, este lunes 6 de diciembre del 2004, en el programa Toros y Toreros, difundido nacionalmente Manolo Arruza anunció que volvería a meterse al traje de luces.

La pregunta es: ¿Por qué vuelven los toreros? Conchita Cintrón dice que porque extrañan al miedo.